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The Grand Tour: repasamos el Episodio 3

Breve sinopsis

Antes de entrar en el ajo, repasemos muy rápidamente qué es lo que hemos visto. Este tercer episodio, vuelve a llenar su espacio virtual con coches, específicamente con tres (bueno, dos) perfectos ejemplares de vehículos ‘pistonudos’: un Aston Martin DB11, un Dodge Challenger SRT Hellcat, y un Rolls-Royce Dawn. El trío realiza un viaje desde Siena hacia el norte, llegando hasta Verona, para luego terminar en Venecia. Por el camino, el convoy pasa por Florencia, el circuito de Mugello, la ciudad de Vicenza, y la región de Módena: hogar de tres de los fabricantes italianos más famosos del mundo. Entre los dos segmentos del plato principal del programa, escuchamos otra ronda de noticias, contemplamos desde la distancia la muerte de otro invitado (Simon Pegg), y nos quedamos con las ganas de ver alguna prueba en el circuito de los coches que pasaron por Italia.


Hacia el final del programa, Jeremy sale de la tienda de campaña, que esta semana está en el puerto pesquero de Whitby en Inglaterra, haciendo una demostración de su coche no-autónomo, pilotado por un inmigrante rumano. Es entonces cuando, tal y como nos adelantaba nuestro lector Francisco Ruiz en un comentario, James y Richard aplanan el solar que ocupa la casa de Jeremy Clarkson.

Una receta ya conocida

Mientras preparaba mentalmente el hilo argumental con el que trazaría las letras para este artículo, me imaginaba que el tercer capítulo saldría de dos formas: podía mejorar drásticamente el tercero, sin llegar al nivel del primero, o, ser peor que el tercero. No acerté.

Considero que el episodio ha sido mejor que el segundo, pero para mí, en muchos aspectos, ha supuesto una gran decepción. La razón por la que yo tolero las desavenencias de Clarkson y compañía, es precisamente por esos episodios en los que los tres viajan juntos en coches distintos descubriendo, y sobre todo, disfrutando, de increíbles carreteras mientras yo, desde mi sofá, digo: “un día, eso lo haré yo”. Son episodios en los que nada más comenzar a ver los créditos finales, te levantas, bajas al garaje, miras a tu coche, y le dices: “hoy salimos de paseo”. Son de esas experiencias que te recuerdan por qué amamos tanto al automóvil, y por qué esta pasión por un objeto que algunos ven inerte, nos une tanto. Nos hace sentir como una familia; “¡hay alguien que me entiende!”, gritamos en silencio al aire. Es la misma experiencia, que comencé a vivir, al iniciarme como lector de Pistonudos en su etapa como Autoblog España.


Pero hoy no hemos disfrutado de uno de esos episodios. Al contrario que el mágico trayecto en Francia a bordo del Ferrari F430, Pagani Zonda y Ford GT, hasta llegar al puente Millau en Francia, o el viaje en busca de la mejor carretera del mundo (que por cierto, ha convertido al paso del Stelvio en una atracción turística), en el episodio de hoy, esa explosiva mezcla de coches que nos gustaría conducir, paisajes inolvidables, carreteras de infarto, y pasión por el automóvil, no se ha dejado ver. En lugar de eso, el viaje a Italia sirve como excusa, para que May y Clarkson se peguen media hora tratando de huir de Hammond por Italia, al son de sus gomas quemadas y su corneta de los Dukes de Hazzard.

Recorrer Italia con tres supercoches, con el propósito de hacer un Grand Tour debería ser una aventura, no una huida temiendo el sonido de un motor HEMI

El gran problema, realmente, no es que el equipo haya decidido grabar en Italia; soy el primero que se muere de ganas de ver otro gran vídeo de estos tres en el país transalpino. Hay muchas tierras de este país aún por ver y explotar en el contexto de un programa de coches. Pero en esta ocasión podrían haber sustituido Italia por Montenegro y todo hubiese sido igual. ¿La escena en el museo? Utilicemos otro. ¿Los supuestos donuts en la Plaza de Miguel Ángel? Vayamos a otra localización con vistas panorámicas de una ciudad. ¿El circuito de Mugello? No sé si habrá un buen circuito en Montenegro, pero seguro que podemos encontrar una solución, igual que para la función en la Arena di Verona.


¿Venecia, de la cual ni siquiera vimos a los coches cruzar el precioso puente encima de la laguna? Dubrovnik también tiene acceso al mar, y queda cerca. Pero Italia ha quedado prácticamente desaprovechada. Y Richard, vivimos en 2016, no en 2006; ya no es necesario comunicarte con tus fans a través de la televisión para que te conozcan. La próxima vez que vayas a Sant’Agata Bolognese solo para contar en televisión que te ponen las puertas con apertura en forma de tijera, cuenta estas cosas en Twitter. O mejor aún, utiliza Snapchat, que es donde está toda la gente «guay» estos días. De igual forma, un usuario autorizado de la Wikipedia podrá encontrar esa preferencia y añadirla en la sección “Gustos sexuales” de tu página.

Con lo bien que había empezado el episodio, y lo mucho que estaba disfrutando con esos sonidos, esas vistas de fondo, y la simple idea de acompañar a estos tres presentadores en un increíble viaje por Italia descubriendo sus coches, a lo largo de carreteras sinuosas y parajes excepcionales. Menudo chasco.

Mucho guión y pocas nueces

Otro aspecto que encontré decepcionante, es la increíble falta de sensación de improvisación que hemos visto a lo largo del episodio. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que a lo largo de los años en los que Clarkson y compañía han presidido Top Gear, eran famosos por improvisar lo que sucedía en el programa. Y en su defecto, actuar de forma que las escenas preparadas no nos sacasen de la ilusión de que nada había sido preparado. En cambio aquí, ir a un museo o atender un evento en la Arena di Verona sirve para que Richard pueda llegar y estropearle la jornada de cultura a Clarkson y May. La primera vez hace gracia, pero que el resto del programa sea una excusa para que pueda suceder una segunda y una tercera vez, anula por completo el valor de este viaje.


Después de dejarlo tirado rodeado de masas en el centro de Vicenza, ¿cuáles son las probabilidades de que Richard, sin conocimiento alguno del plan de sus compañeros, fuese a Venecia, dejase su flamante Dodge, se subiese a una lancha fuera borda, y lograse encontrar la góndola de Jeremy y James para hacer donuts a su alrededor? No hay ninguna sorpresa; a poco que el espectador piense, se ve venir. Y ha sido claramente orquestado con la premisa de la risa tonta, como una super-producción de Hollywood, donde lo que se busca no es hacer algo nuevo, sino asegurarse de que le gusta al mayor número de personas posible. Lo irónico, es que precisamente lo contrario fue lo que hizo famoso a este trío.

Y hablando de pensar; ¿alguien me quiere explicar por qué Hammond cortó en dos el cuadro, y lo ató al lateral de su muscle car, teniendo un par de camiones siguiéndole? Porque después de destruir un par de juegos de goma, creo que haber, había sitio suficiente. Y sino, se me ocurren otras soluciones que no involucran a los camiones, como llamar a un taxi y mandarlo por correo a casa. ¿Pero cuál es la razón para no hacerlo? Que la gracia ha sido escrita en un guión, un guión que en ocasiones ha hecho caso omiso al sentido común.

Esto se ve de forma más clara en el último segmento del programa, cuando James y Richard cobran la apuesta fallida de Jeremy en el primer episodio. El segmento comienza con ambos presentadores de pie fuera de la casa, anunciando su intención de derribarla. A continuación, Richard se sube al tejado con una escalera para empezar a tirar las tejas al suelo, una a una, porque hay un murciélago en el techo. Y por normativa, han de “darle la ocasión de mudarse”, quitando las tejas. James por supuesto, no soporta las alturas y no puede ayudar a su compañero. Al terminar, esperan al día siguiente para que el murciélago se marche, así que vemos imágenes de nocturnas de la casa, que incluyen el vuelo de un mamífero con la Luna de fondo. ¿He de creerme, que el equipo grabación de The Grand Tour, se quedó toda la noche intentando grabar el vuelo del murciélago, y que les salió tan bien? Creo que no, pero avisadme si me equivoco.

Cuando amanece, Richard irrumpe en escena con una máquina excavadora, y comienza a hacer añicos el edificio sin control. James le dice que lo está haciendo mal, que hay que hacerlo de forma más ingenieril, pero lo que hace es ser horriblemente lento. Cuando ninguno de los dos puede derrumbar la casa, aparecen a una distancia de seguridad de ella con un detonador como el de las películas, antes de ver la casa convertirse en ruinas con una explosión digna de la última película de James Bond. La explosión es tan sumamente real y está tan bien realizada, que deja a las explosiones por ordenador de las series norteamericanas como relleno de bajo coste para la parrilla televisiva.

Y es tal la preparación necesaria para una detonación así, que uno se pregunta para qué hacía falta tratar de demoler la casa con unas máquinas excavadoras, si después la iban a dinamitar. La respuesta es obvia: para ocupar minutos en el episodio y provocar más risa fácil, nada más. De hecho, si Hammond y May quisieran aprender a demoler una casa de forma graciosa, sólo tienen que mirarse un poco en el ombligo.

Por cierto, queda patente lo que dije en mi repaso a los dos primeros episodios de la semana pasada: esto no es un programa de coches. De ser así, lo primero que hubiesen hecho James y Richard habría sido ir al garaje de Jeremy, a ver si por casualidad Gary sigue por ahí. En vez de eso, James y Richard encontraron la mono-artística colección musical de Jeremy, un retrato suyo a lomos de un caballo, un muñeco de vudú de James, y un libro lleno de fotos de Richard.

Los coches

Pero dejemos eso, y centrémonos en los coches. Y como me gusta dejar lo mejor para el final, comenzaremos con el Rolls-Royce Dawn con el que James May hizo el trayecto.

Todos entendemos el comentario de Jeremy sobre cómo el Dawn es un Serie 7 descapotable, pero en esta ocasión diría que el Rolls-Royce es mucho más que eso. Veo mucho más pertinente esta crítica sobre los Maybach 57 y 62 cuando se vendía como tal, porque sólo con verlos, podías imaginarte con facilidad al Clase S que llevaban dentro. Sin embargo el Dawn, al igual que el resto de la gama Rolls-Royce, ha sabido diferenciarse lo suficiente de la gama BMW como para no parecerlo. La tecnología y la plataforma que lleva puede que nazcan en Múnich, pero el público al que va dirigido el coche es muy distinto; en opinión de este servidor, la opulencia es lo que describiría un Rolls-Royce. Es uno de esos vehículos que no está hecho para que lo conduzcas tú, sino para que te lleven en él. Y dije antes que no lo consideraba un coche «pistonudo» porque difícilmente me imagino escogiendo al Dawn para un viaje con un Gran Turismo: un coche con ese peso y esa absoluta desconexión de la carretera, tiraría por el colector de escape todas mis ganas de atacar cualquier tramo revirado.

No tengo absolutamente nada en contra del Rolls; va dirigido a un público en concreto, y me alegro de que una marca con tanta historia haya logrado sobrevivir en manos de BMW y ser rentable. Pero claro, es la clase de coche que enamora a James: extremadamente refinado, inglés, y con una intención de ser una obra de arte rodante (a nivel de exclusividad, no de diseño) en lugar de un coche.

Pero el Rolls-Royce de James no fue el coche que me hizo sonreír una y otra vez durante el programa

No, ese honor pertenece al Dodge Challenger SRT Hellcat que se trajo Richard Hammond. Y vaya que si sonaba; ya son dos episodios seguidos en los que la serie nos ha deleitado con sus vistas y con sus sonidos. No es el coche que yo particularmente hubiese elegido para hacer el viaje, pero no cabe duda de que el entusiasmo y la felicidad al observar a Hammond fueron de lo más positivo que tuvo el episodio. Richard también pudo ponerse en los pies de Jeremy, obligado a pararse constantemente para poner gasolina, al igual que Clarkson en su momento con su Ford GT.

Curioso que no se acordasen de ello durante el episodio. Pero da igual, porque fue una experiencia religiosa ver a Hammond poner de lado su Dodge alrededor del circuito de Mugello. Lo cual me recuerda que a lo largo del episodio, tampoco se mencionó en ninguna ocasión que, aunque Dodge es un fabricante americano, pertenece al grupo FCA, y por tanto, el Challenger ha sido financiado con fondos italianos.

Pero el coche más equilibrado de los tres, en mi opinión, es el Aston Martin DB11: precioso, sobrevirador cuando le desactivas el control de tracción, hábil en curvas rápidas, y un auténtico misil en la autopista. Los ingredientes que definen un verdadero Gran Turismo. ¿Que no es perfecto? Por supuesto que no. Hay GTs más hábiles en curva, como vuestro sabor favorito de Porsche 911, pero no cabe ninguna duda de que no es un mal acompañante para un viaje como éste. Tampoco es un monstruo de circuito, pero logró mantener la dignidad de la marca inglesa ante el culturista de Michigan en una vuelta rápida. Y sí, su color es naranja y no marrón; en concreto, es Cinnabar Orange, que es como lo define Aston. Cuando les dé una crisis de identidad, al menos estos DB11 podrán irse al Golden Gate, y preguntarle cómo ha hecho todos estos años para soportar que lo llamen “el puente rojo”, cuando en realidad su color es International Orange.

Pero bueno. Oye, ¿y qué GT os hubieseis llevado vosotros? Me encantaría saberlo. Servidor lo tiene muy claro, un Mercedes-AMG GT: más bruto, más ágil y más divertido, pero no me quejo; el DB11 fue un buen especímen. Y quién sabe, quizás aparezca la variante ‘R’ del de Affalterbach en los episodios que quedan. Lo que sí me parece extraño, es que Jeremy no aprovechase el viaje para probar el nuevo Ford GT… ¿Quizás lo pidió y no podían dejarle uno?

El cierre

No es mi tema favorito, pero hay un par de momentos que sucedieron a lo largo del episodio que, considero, deben ser mencionados durante un artículo de repaso. El primero es el gesto infantil de Jeremy y Richard que podéis ver en el GIF superior.

¿Os pareció divertido? A mí no; me pareció tremendamente infantil, y no es porque me parezca mal que se mofen del estereotipo del conductor de un Rolls, eso me trae sin cuidado. Es igual que quien pudiera decir que “todos los que tienen un León son unos quinquis”. ¡Pues bien por ellos! Yo considero más sensato juzgar a la gente por cómo conduce y no por el vehículo en el que lo hacen; a ver si un día nos compramos ese coche que creemos que es perfecto, con nuestro sudor y trabajo, y que ahora por tener un León, un MX-5, un GT86 o un M240i no somos unos pistonudos sino unos hijos de papá. Pero ver a dos adultos ingleses entrados (o cerca de hacerlo) en sus 50, haciendo bromas de carácter sexual respecto a los conductores de un Rolls, no me despierta ninguna clase de humor.

Y hablando de perversiones, están las de Clarkson y su cuadro con el torso desnudo haciendo (lo que yo supongo que es) referencia a la propaganda del actual Presidente de Rusia, Vladimir Putin. Aquí si que no meto los pies, que a mí lo que me gustan son los coches y me quedan todavía muchos episodios por comentar con vosotros.

Había mucha más tela que cortar de este episodio, como la teoría de que los donuts de Hammond son una referencia al escándalo que causó el rodaje de una escena de Top Gear, la del donut en el centro de Londres a bordo del Hoonicorn, con Ken Block y Matt LeBlanc. Pero eso es todo lo que yo os quería comentar por hoy.

No he mencionado mucho a la ciudad de Whitby, desde donde se grabó el episodio, porque según parece la semana que viene el equipo permanecerá allí, supuestamente con la intención de ofrecernos algún segmento en dicha localización. ¿Quizás con los coches con los que lo vimos llegar al estudio? Queda poco para averiguarlo.

Ranking de episodios

Quedan aún nada menos que 9 episodios por delante, y para no perder de vista qué es lo mejor que nos ha dado esta primera temporada de The Grand Tour, mantengamos un pequeño ranking.

  1. Episodio 1: Lo tiene absolutamente de todo; coches, buen humor, y más coches. Aparecen en él la Santa Trinidad híbrida (918 Spyder, LaFerrari y P1) acompañados por un hipnótico BMW M2 introduciéndonos el circuito de pruebas del programa.
  2. Episodio 3: Tira del recetario del trío calavera; coches exóticos (DB11, Challenger SRT Hellcat y Rolls-Royce Dawn) con Italia de fondo, pero se centra más en relatar cómo Jeremy y James tratan de deshacerse de Richard en lugar de disfrutar más de los coches y aprovechar al máximo la estancia en Italia. El episodio concluye con James y Richard dinamitando la casa de Jeremy.
  3. Episodio 2: Lo salvan el Aston Martin Vulcan y la persecución del Audi S8 hacia el final. No resulta aburrido a primera vista, pero de verlo de nuevo, me saltaría todo lo que hay en medio.

¡Hasta la semana que viene!

Audio vídeo The Grand Tour: repasamos el Episodio 3
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