«Me podré sacar el carnet del coche en 2 semanas?»

Tras mi reciente regreso al mundo académico, he vuelto a rodearme de gente de esa franja, 18-20 años de media. Al igual que cuando yo tenía esa edad, y cuando otros la tenían, podemos distinguir básicamente tres tipos de estudiantes: a) el empollón, que va a sacar la máxima nota, b) el promedio, que sacará lo que pueda, y c) el que hace lo imprescindible para tener un 4,5-5 (pudiendo sacar más si quiere). Nuestro protagonista, J.L., le basta con aprobar el examen, un tipo c) de manual. Su autoescuela le «regala» 10 clases, y con esas 10 clases pretende no solo aprobar, sino compartir las vías con todos nosotros.


A día de hoy se supone que cualquier chaval de esa edad, si le gustan mínimamente los videojuegos de coches, ya ha tocado un Fórmula 1, un Need For Speed, un Test Drive, un Forza… y deberían tener ya unos conocimientos innatos de conducción. Aunque la juventud no es tan cafre como hace unos años -queda tristemente atrás la «ruta del bakalao»- la probabilidad de morir en un accidente de tráfico es mucho más alta cuando se tienen menos de 25 años.

Es la primera causa de muerte no natural para ellos en cualquier parte del mundo civilizado

¿Cómo nos podemos explicar que, en 2016, con una juventud tan preparada, que ha nadado en información desde que se comía los mocos, siga sufriendo este problema? Hay cosas que nunca cambian, aunque hayan cambiado los 40 principales, los peinados ridículos, qué tipo de barba es más trendy o cómo de «cagados» se llevan los pantalones. Los más jóvenes tienen -ya paso los 25, me tengo que excluir- una evidente ventaja psicofísica: el cuerpo aguanta de todo, reflejos perfectos, mucha energía, poca somnolencia, tiempo de reacción bajo…


Y esa ventaja queda anulada por una mezcla de falta de experiencia y de inconsciencia

Los malos conductores no sé si nacen o se hacen, pero tengo serias dudas de que quien consigue aprobar un examen por pura Homer potra acabe siendo un buen conductor. En ese mismo chat dije que si hay algo que sobra en España son malos conductores, y que no necesitamos más. Con 10 clases de autoescuela uno no tiene ni puta idea de conducir, tendrá unas nociones de circulación, poco más. En una categoría aparte estaría gente como «El Pera», que con 18 años ya podía dar clases de conducción a la policía. No, no es el caso de J.L.

Unos pocos marcianos, seres venidos de otras galaxias o con malformaciones genéticas, nos preocupamos realmente por presentarnos a examen con un mínimo de seguridad en nosotros mismos y en nuestras habilidades. Me presenté a una primera tentativa con 24 clases y suspendí en una incorporación de la calle a la A-5 (Carabanchel) por hacerlo mal dos veces. Di seis más, y aprobé a la segunda. No me avergüenzo de ello, merecí suspender esa primera vez, no estaba preparado. Sí, se puede ser conductor profesional, periodista de Motor y probador de coches sin aprobar el carné a la primera. ¿Y qué?

Los que más interés hemos puesto, más preguntas chungas hicimos al profesor de autoescuela y los que más nos preocupamos, sentamos las bases de una correcta formación. Otros, como J.L., les basta con que les aprueben. Al año de carné ya serán los putos amos, parafraseo a nuestro protagonista en ese chat: «Fernando Alonso 2 me llaman». Al quinto año serán los dioses del asfalto. Antes de 10 años, salvo que medie un milagro divino, ya llevarán por lo menos un siniestro total.


Estoy harto de que se queje la gente de que las autoescuelas no forman conductores, sino que ayudan a aprobar. Las autoescuelas proporcionan un servicio a sus clientes, y ese servicio es formarles. De la misma forma que yo puedo ir a un restaurante y pedirme solo el postre, en vez de el menú completo, el cliente de una autoescuela puede pedir que le ayuden a aprobar un examen, o que le formen.

¿Cuánta gente ha pedido a su profesor que le enseñe, en un lugar adecuado, a hacer una frenada con esquiva, controlar un trompo o un contravolante? No levantéis las manos todos a la vez

No existe un mínimo legal de clases para presentarse al examen práctico, un gran fallo del sistema. Sí, hay gente que con 12 clases aprueba, y hay gente que con 100 clases ha demostrado ya ser un peligro público que solo merece ir en transporte público, taxi, o un futuro coche autónomo. El factor humano ha estado detrás de la inmensa mayoría de los accidentes de tráfico, y eso solo cambiará cuando casi todos los vehículos sean autónomos. Los informáticos solemos decir que el problema suele estar detrás de la pantalla, los conductores solemos decir que el problema suele estar detrás del volante.

Algo tiene que cambiar en el sistema, y me temo que pasa por endurecer los exámenes. No hablo de que los examinadores sometan a los alumnos a trampas como pedirles que hagan giro a la izquierda cuando está prohibido y la señalización es deficiente. Estoy pensando en algo como la obtención del carné de moto: el que no pueda hacer un circuito de conos, en un tiempo determinado, y sin caerse, se queda en el scooter. Los aspirantes tienen que demostrar un mínimo de habilidades en caso de emergencia, además de aparcar y respetar mínimamente las señales de tráfico.


Más de un padefo pensará que le basta con conducir despacito, y que nunca necesitará hacer frente a una emergencia porque es un conductor prudente. Confundir lentitud con prudencia es como mezclar agua con aceite, pueden parecer como que se mezclan, pero al final, el aceite siempre acaba flotando sobre el agua. Usemos el lenguaje con precisión, la velocidad adecuada sí está relacionada con la prudencia, si no, los conductores de tractores agrícolas serían los mejores conductores del mundo.

Es un esfuerzo inútil por parte de la gente como vosotros, que lee Pistonudos, inculque cultura del automóvil a quien solo quiere tener un medio de transporte. Gente como J.L. quiere el coche para darse voltios con los amigos, llevarse a alguna chati al asiento trasero (o chato, nunca se sabe), irse de vacaciones y dejar de usar el autobús. No necesitan saber conducir, ¡ya saben!, o eso se creen. No, no podemos imponer el amor por la conducción, pero sí se pueden dar pasos para imponer que quien salga a la carretera, lo haga con un mínimo de garantías.

Cumplir a rajatabla las normas de tráfico no basta para librarse de un accidente o situación embarazosa

La técnica de los coches modernos ha salvado muchísimas vidas, aunque una cantidad incalculable de conductores no tenga ni idea de en qué se basan los sistemas de seguridad, ni cómo son más eficaces, ni cómo se anula su eficacia. El ABS, ESP, airbag o servofreno de emergencia son completamente inútiles si se desconoce su funcionamiento. Mientras tanto, desde la DGT dan la tabarra con que los coches de más de 10 años son un peligro público, aunque ya dispongan de los sistemas de seguridad más básicos que hay hoy día.

Que me justifique alguien cómo un coche con, pongamos, 15 años, con 4-5 estrellas EuroNCAP, cuatro frenos de disco, ABS, ESP, cinturones de seguridad de tres puntos con pretensores y limitadores de carga, reposacabezas activos o seis airbags es un peligro público. Aceptaré barco como mascota en el Scattergories si ese coche está tan abandonado en su mantenimiento como el Mar de Aral. Pero, ¿y si ese coche está en un correcto estado de mantenimiento? ¿Sigue siendo una caja de muertos? Que se vayan a hacer puñetas.

Me aporta más confianza un buen conductor con 15 años de experiencia, en un coche que tiene 15 años, que un J.L. genérico que usa un coche recién comprado por papá o mamá, con una matrícula que empieza por J–, con la misma experiencia al volante que yo de conocimientos de reproducción del ornitorrinco salvaje de Murcia. Las mayores tonterías se hacen al volante con menos de 25 años, y son mayores tonterías cuantos más ocupantes jóvenes van en el coche. No lo digo yo, lo dice el IIHS. Un turismo ocupado por tres menores de 21 años es una bomba de relojería a punto de estallar.

La correcta formación de los conductores ahora depende exclusivamente de la iniciativa privada. Por un lado tenermos organismos como CEA, RACC o MAPFRE, por otro los fabricantes. De estos últimos destaca especialmente Ford, que ofrece cursos de conducción gratuitos -y sin marketing– para este colectivo. En una sola jornada ya les forman para que vean las consecuencias de distraerse, de sufrir un sobreviraje o de saber frenar de forma adecuada. Esto no se enseña en las autoescuelas porque los clientes no lo piden.

La DGT, si quiere mejorar las cifras de siniestralidad, tiene que cambiar de políticas, tal y como pedimos recientemente. No solo hay que enfocarse en las medidas punitivas, sino en las preventivas. Cortar los problemas de raíz. La obesidad mórbida se puede combatir con dietas vegetales y rutinas de ejercicio de los Navy Seal, o incidir en hábitos de vida saludables cuando los sujetos pesan mucho menos de 150 kilos. Se trata de prevenir. Pues la formación es el primer escalón, y si empieza en el colegio, mejor.

No quiero que le den el carné por pura aleatoridad a gente como J.L. Tampoco quiero que los carnés se renueven automáticamente tras pasar un simple examen médico, debe haber más formación contínua. La sociedad sigue sin tener en cuenta la enorme responsabilidad que supone conducir un vehículo en una selva en la que hay tantos actores implicados: vehículos, ciclistas, peatones y pokémon esperando ser cazados.

La aviación, uno de los medios de transporte más seguros del mundo, tienen un sistema formativo mucho más estricto, y los pilotos están muy bien formados. Puntualmente se puede colar algún chiflado como el copiloto alemán depresivo que estampó un avión en los Alpes o como el comandante que hizo desaparecer el MH 370 de Malaysia Airlines para suicidarse de forma creativa. Saltándonos las excepciones, es más difícil ver a un mal piloto que a un mal conductor de vehículos terrestres.

El problema del factor humano no se va a solucionar solo, ni poniendo un millón de plazas para la Guardia Civil de Tráfico, ni con 100 helicópteros Pegasus

El diagnóstico está ahí, ahora debe hacer su trabajo la gente competente en la materia. O eso, o dejamos que el problema siga macerando hasta que solo una minoría de locos conduzca manualmente, y el resto lo haga en coches autónomos. Yo seré uno de esos locos, mientras mi cuerpo lo permita. Conducir implica una enorme responsabilidad. Hemos encumbrado a gente como los cirujanos, los jueces o los científicos por su dominio en sus disciplinas, pero miramos a otro lado cuando un J.L. genérico se pone a conducir tras haberse quitado una china en el zapato: una formalidad llamada examen de obtención del permiso de conducir.

Algún malpensado estará cavilando que soy un enemigo del derecho de la movilidad, y que no hace falta ser un piloto de élite para salir a carretera con un coche moderno. El que lo haga, se equivoca, yo me conformo con que quien se crea piloto de élite y no llegue a conductor de correpasillos tenga garantizada su movilidad con transporte público. Cuando los coches no perdonaban errores, ser buen conductor marcaba la diferencia entre los vivos y los aspirantes a cadáver, pero pagaban justos por pecadores. Ahora mismo hasta mi abuela puede conducir un Nissan GT-R.

Al igual que es una certeza vital que hay muerte e impuestos, un buen conductor siempre llegará más lejos que uno mediocre. Ese es el quid de la cuestión.



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