El millonario que resultó ser un empleado más


Como te puedes imaginar, como cualquier proyecto empresarial, cuando uno monta un negocio como este, necesita de un respaldo económico de cierta entidad. Y es que hacer las cosas de manera profesional, con colaboradores profesionales, implica pagar salarios «de profesional» a tu equipo. Lo he dicho una y mil veces, y no me cansaré de repetírselo a compañeros, editores y neófitos: trabajo es una actividad remunerada, y por tanto, si te piden «trabajar» para alguien, tendrá que pagarte por tus actividades, por las horas que le eches, por tus ganas y también por tu conocimiento.


Dentro de todo el desafío que emprendimos el pasado mes de enero para montar esta empresa, tuvimos que sondear fuentes de recursos económicos para apoyar el proyecto. Fuentes que no siempre son fáciles de encontrar, especialmente en nuestro país, donde no tenemos la cultura del capital riesgo, de los business angels y de la inversión en general tan instaurada como en Estados Unidos, donde todo se entiende de otra manera (para lo bueno y para lo malo).

El caso es que de entre todos esos posibles novios que nos fueron saliendo, tuvimos que hacer varios «filtrados» para quedarnos con gente que empatizara con el proyecto, que aportara recursos y que también aportara un valor personal al negocio.

Entre todas esas personas, una se desmarcó. No entraré en citar nombres, apellidos y datos personales, pues no es mi objetivo ridiculizar a nadie ni apuntar a nadie con el dedo.

Este hombre no es un extraño en el «planeta de Internet». Comentarista habitual de ciertos sitios, contaba constantemente cómo era su tren de vida, y cómo contaba con algunos de los coches más espectaculares que te puedas imaginar. Como suele ocurrir, nadie se creía lo que contaba. A fin de cuentas, en Internet cada uno elige quién quiere proyectar que es, aunque luego no sea verdad…


Pero uno de mis colaboradores me explicó que aunque la gente no le creía, realmente era una persona con poder financiero. Así que le contactamos.

Desde el primer momento nos dejó claro que nuestro proyecto se quedaba muy lejos económicamente de las cifras «millonarias» en las que él se movía. Pero al mismo tiempo nos decía que estaba por la labor de ayudar «un proyecto español del mundo del motor».

Tras varios mensajes, llamadas y emails finalmente quedamos con él en persona. La rutina de montar todo esto de la nada no ha sido especialmente suave, y yo me encontraba viajando de Madrid a Logroño y de Logroño a Barcelona y vuelta en cuestión de menos de 18 horas para poder juntarnos con este señor, mientras luchaba con una pesada amigdalitis con su fiebre aparejada y un antibiótico que me destrozaba el estómago.

Con ese panorama, nos encontrábamos con este señor. Le presentábamos el proyecto en sus puntos generales, y nos daba su parabien para «valorarlo en profundidad tras la firma de un acuerdo de confidencialidad» y después plantearse su inversión. Pero antes de despedirnos, nos quedaban muchas dudas por resolver. Este señor, que se resistía a darnos más datos que su nombre y su número de teléfono (nada de apellidos, nada de DNI…), empezó a contarnos cómo era su tren de vida.

Un tren de vida realmente increíble, sus tandas por Spa con un LaFerrari, su genial McLaren F1, su Ferrari 275 GT… y la lista seguía.

Pero, como suele ocurrir en estos casos, se pilla antes al mentiroso que al cojo. Y dentro de su megalomanía, comenzó a cometer errores. Este mundillo, el de los coches clásicos, exclusivos y deportivos en España es muy pequeño. Tan pequeño como para que algunos pocos sepamos «de quién es qué coche». Nuestro amigo se apropió de cierto Lamborghini clásico restaurado en nuestro país, del que teníamos muchas referencias. Tantas como para saber que ese coche no sólo no era suyo, sino que nunca había estado en su poder.


Primer punto problemático detectado. Luego los demás llegaron casi en tropel. Nos contó cuál era su cuenta de Instagram y YouTube, donde «se me ve haciendo el mal», pero claro, no estuvo muy espabilado, pues el propietario real de esos canales es un italiano al que conocemos, y que, era obvio, no era la persona que teníamos delante.

El problema de la megalomanía es llegarse a creer lo que se está contando, y seguir alimentando la mentira sin pensar en el perjuicio que hacen a los demás, y sin pensar en lo ridículos que acaban mostrándose

Siguió nuestro interlocutor con un compendio de mentiras, medias verdades y datos extrañamente exactos. Curiosamente este señor debía moverse dentro de círculos o entre personas que realmente manejaban dinero. Dinero suficiente para conocer a gente pudiente y para conocer su estilo de vida. El «quién es quién» que sólo uno de ellos, o uno cercano a «ellos», puede conocer.

Tras más de tres horas de charla, como te digo, megalómana, nos despedimos amablemente, agradeciendo su atención, y marcándonos el intercambio del acuerdo de confidencialidad como siguiente paso del proceso.

Pero todo aquello chirriaba más que las puertas de un Tata Nano. Tras marcharse, empezamos a hacer una auténtica obra de investigación, hasta dar con un anuncio donde éste señor pedía trabajo «como mozo de almacén o parking»… «Cazado, todo un catfish».

Mientras intentábamos asumir la cara de tonto que se nos había quedado, empezábamos a atar todo el resto de datos que nos había facilitado durante la charla para trazar un perfil, un retrato del personaje que nos había tratado, y la persona que realmente era. Hasta dar con su trabajo real y su relación con gente de dinero.


Surrealismo en estado máximo, te puedes imaginar.

Afortunadamente, nuestro proyecto, como tantos otros, no tiene una sola fuente, una sola oportunidad de tirar adelante, y poco a poco hemos ido cerrando acuerdos para poder estar aquí, escribiéndote. Pero uno se reclina en el asiento y piensa: ¿Qué lleva a una persona a mentir durante años sobre su condición de mega-millonario? ¿A montarse una vida paralela y falsa donde conduce LaFerraris y McLarens F1 y llega a reunirse con gente «en vivo y en persona» tratando de avalar esas mentiras imposibles?

Amigo, nos hiciste perder tiempo. Tiempo que, dadas mis condiciones de aquel día, tenía que haber pasado en mi cama. Pero no te vamos a quitar la máscara. Te dejaremos en el anonimato, pero nunca nos olvidaremos de esta historia increíble. Otra más para ese libro que conforma la novela de nuestras vidas.



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