Benditos cursos de conducción segura


Recuerdo que hacía un calor de justicia en aquella explanada asfáltica, y estuve practicando varias cosas, desde simples maniobras de aparcamiento hasta conseguir hacer un slalom marcha atrás. Cada cono que tiraba me tocaba colocarlo, lo que me hizo espabilar. Allí pude practicar cosas tan peregrinas como realizar una detención total del coche sin calar el motor, aplicando freno y embrague a saco. Fijaos, ¡qué tontería! ¿O no era tanta tontería? Pues no, queridos amigos.


Ese curso que realicé me ayudó a poner en práctica cosas que solo había visto en teórica y que no eran fácilmente reproducibles en la autoescuela, por una simple razón de presupuesto. Una de las etapas del aprendizaje es vivir en tus propias carnes algo para interiorizarlo, llámese un problema de ecuaciones lineales de segundo grado, o aprender el arte del contravolante. Así, llegado el momento, nos saldrá solo, y puede que ni siquiera tengamos que pensar. Este es el espíritu de los cursos de conducción segura, experimentar primero para estar preparados para algo real.


Cuando iba con mi profesor en el lado derecho, conduciendo como un alumno que aspira a conducir legalmente tras el beneplácito de la DGT,lo hacía todo de forma normativa: pensando en cada norma de circulación al pie de la letra. Lo cierto es que, si no nos salimos de ahí, nos vale un coche que carezca de cualquier sistema de seguridad -bueno, se admiten frenos- y puede tener la suspensión con un millón de kilómetros o los neumáticos hechos lona, las exigencias dinámicas al coche son mínimas.

En un día cada vez más cercano, los coches autónomos harán algo parecido, conducir de acuerdo a las normas de tráfico, como un alumno aprendiendo, eliminando los nervios e inexperiencia de la ecuación. ¿Significará eso el final de los sistemas de seguridad? En modo alguno, porque seguirá habiendo un factor imprevisto, siempre presente, que aunque solo represente el 1% de las situaciones de conducción, el vehículo debe estar preparado para hacerles frente.

Los coches autónomos no van a erradicar los accidentes de tráfico, aunque los van a reducir una barbaridad

De cada 10 accidentes de tráfico, el factor humano está implicado en 7-9 ocasiones. Aunque eliminemos ese factor humano, seguirán estando los condicionantes ambientales, como la vía o la climatología, y obviamente el estado de los vehículos implicados. Por lo tanto, todos estaremos de acuerdo en este punto en que la seguridad siempre ha de estar presente en cualquier actividad de conducción.

De la conducción de manual a la conducción de verdad

Si algo he aprendido en los múltiples cursos de conducción que he realizado, es a aprender a conducirme a mí mismo, y también a la máquina. He tenido que aprender a engañar a mi percepción, como cuando aprendí a tomar las curvas mirando hacia donde quería ir, y no en línea recta. También he aprendido a adelantarme a los acontecimientos, preparándome para posibles situaciones que no se suelen dar, pero cuando se dan, ya estoy en guardia.


Hay quien piensa que los cursos de conducción segura, los de conducción deportiva… acaban incitando a la gente a hacer más animaladas con el coche, porque aprenden a controlar. Esto no es siempre cierto, ni mucho menos, pero sí os admito que puestos a hacer una animalada, mejor saber lo que se está haciendo. La improvisación no suele ser buena compañera de viaje cuando necesitamos tomar la decisión óptima en décimas de segundo, nuestra cabeza no da para más.

Una vez, en el circuito del Jarama, estaba conduciendo un Porsche Boxster Cup -un coche para carreras- y estaba bastante calentito cuando me enfrenté a la curva anterior a la bajada de Bugatti. Cometí un error de novato, entrar con el coche muy apoyado, y muy rápido, por lo que el eje trasero perdió la adherencia y se me fue el coche. No pasó nada, estaba en un circuito, lo único que me obligaron a pasar por boxes para que me tranquilizase, eso fue todo.

Puede que estuviese conduciendo a 160-180 km/h en ese momento, pero la enseñanza se puede aplicar tomando una rotonda a una velocidad muy superior a la legal, y hacerlo con éxito. Imaginaos la típica autovía que acaba directamente en una rotonda con su límite de 50 km/h.

Hay gente que simplemente se topa con esa situación, no ha adecuado bien la velocidad, y se mete en un buen lío con nuestra vecina la física

Un conductor inexperto que se deje dominar por el pánico tenderá a frenar a fondo en el último momento, intentando girar, pero el coche girará menos de lo que cree, subvirará. Si sigue mirando en línea recta, meterá más la dirección a la derecha, y ya os digo cómo acaba: o empotra a un coche que ya circulaba por la rotonda, o choca contra la estatua/monumento encargada por el alcalde de turno dentro del interior de la susodicha intersección. Que se sube al césped o bordillo, en lenguaje llano.


Si un conductor experimentado hace lo mismo, y ya va muy deprisa, procurará frenar fuertemente en línea recta, reduciendo la velocidad de entrada, para luego aflojar la presión sobre el freno para no entrar con el coche excesivamente apoyado en las ruedas delanteras, de cara a evitar un posible sobreviraje. Colocará el coche mejor, mirará hacia donde quiere ir, y no se meterá en el interior de la rotonda. Puede que le chirríen un poco las ruedas, pero lo peor que pasará es que se tope con una pareja de la Guardia Civil que le cante las cuarenta.

En los cursos de conducción, uno aprende a intimar más con la física, y a comprender sus aparentes caprichos

Cosas como el reparto de pesos (y su transferencia), la fuerza centrífuga y centrípeta, la adherencia de los neumáticos… son conceptos muy útiles en el mundo de la competición, pero también en las carreteras reales. Aún siendo los conductores más fríos, calculadores y responsables, tendremos que sacar estas enseñanzas en algún momento, y si las hemos interiorizado, hay más sustos que visitas al chapista.

Ya he perdido la cuenta de las veces que he salvado el tipo por haber sabido lo que tenía que hacer en una situación comprometida. A veces esas situaciones comprometidas eran exclusivamente por «mi culpa», como meterme en una curva de 60 km/h a unos 115 con un coche de dos toneladas, otras por culpa de terceros. La preparación previa es fundamental y puede marcar la diferencia fundamental entre que no pase nada y que pase algo. Con mi segundo coche de prensa ya me tocó hacer un 120-0 km/h por cumpa de un imbécil, sin pisar el embrague habríamos chocado, pero me sobraron unos metros.

Uno de los mejores consejos que os puedo dar, y me da igual vuestro nivel de experiencia, es realizar cursos de conducción. Cuando uno conoce los límites de la física, los de la máquina que conduce y los suyos propios, es cuando sabe qué líneas rojas no hay que cruzar. Por debajo de esas líneas rojas está la zona segura, y en ella nos tenemos que mover. Eso es realmente controlar, no presumir cuando llevamos tres o cuatro copas bien cargadas. Controlar es saber realmente lo que uno hace, y no imaginárselo o fantasear.

Las técnicas de conducción avanzada cobraban la máxima importancia en los coches antiguos, que no contaban con las ayudas electrónicas que disponen hoy. Era la época del «con un propulsión trasera te juegas la vida» o del «nunca frenes violentamente en una curva». Los coches modernos perdonan cada vez más errores, tanto, que puede que nuestras abuelas puedan conducir sin ningún problema un Nissan GT-R.

Las ayudas electrónicas no violan las leyes de la física, pero ayudan bastante a mantener el control

Estas ayudas no eliminan la necesidad de hacer cursos de conducción, ¡es al revés! Precisamente en estos cursos se puede aprender para qué sirven realmente, y comprobar su eficacia de forma segura. Y, si encima nosotros colaboramos como humanos, la eficacia será la máxima posible. El padre de un amigo aún me la tiene jurada por demostrarle que su Qashqai puede cambiar violentamente de carril en un segundo, a 100 km/h, gracias al ESP, él no creía que tal cosa fuese posible. Y sí, se acabó vengando de mi, ya estamos en paz.

Además, no hay que olvidar algo muy importante: cualquier ayuda a la conducción no es capaz de hacer frente al 100% de las situaciones, a lo mejor solo al 95%, y para lo demás, seguimos estando nosotros, los conductores. Me da igual que estemos hablando del ESP o de asistentes a la frenada de emergencia con advertencia de colisión frontal, seguimos hablando de ayudas. De poco van a servirnos estas ayudas si no sabemos cómo funcionan, ni en qué se basan, y no hay que ser ingeniero para eso.

Cuando vamos a comprar un coche moderno, el vendedor se supone que ha pasado por un curso de formación en el que le han explicado las vicisitudes de los inventos de su producto, si bien todos sabemos que no siempre se cumple ese extremo. Si el curso se ha hecho en condiciones, puede que hayan comprobado en sus carnes la eficacia de esas ayudas.

Ese conocimiento rara vez se va absorber por el cliente al 100%, incluso si el cliente es un quemado de los coches

Razón de más para conocer más a fondo esos sistemas. Algunas marcas ofrecen cursos de formación para sus clientes, en los que pueden comprobar cómo van estos sistemas. En ocasiones, estas pruebas o demostraciones se hacen en el espacio «de relleno» en un evento, como cuando se parte un grupo en subgrupos y otros están realizando la actividad chula. Os diré una cosa, no es ningún relleno, es una de las partes más importantes.

Lo cierto es que la inmensidad de los clientes de los coches actuales no tienen ni puñetera idea de cómo funcionan todos los sistemas que tiene su coche. Eso sí, más de uno puede llegar a dominar todas las funciones del sistema de infoentretenimiento con pantalla táctil, pero ¿qué pasa? Que dicho sistema no está enfocado precisamente a salvarnos la vida, solo a amenizar el viaje o mantenernos enganchados a la mejor droga de diseño del mundo: Internet.

En un artículo anterior me lamentaba de la falta de cultura automovilística, y que la gente debería preocuparse más de estas cosas, de todo aquello que haga que se mantenga o alargue su expectativa de vida. Pues bien, resulta fundamental familiarizarse con la parafernalia de la seguridad, pero no solamente de la seguridad activa, también de la seguridad pasiva. La diferencia es enorme, la activa evita que el accidente ocurra, la pasiva minimiza las consecuencias del accidente cuando este se va a producir sí o sí.

Los ingenieros automovilísticos llevan décadas devanándose los sesos para reducir las consecuencias de los accidentes de tráfico

Solo en el Siglo XX hay que hablar de 35 millones de fallecidos, y eso es más que la suma de todas las bajas militares en la Segunda Guerra Mundial. Y no nos olvidemos de los heridos, 1.500 millones, más o menos la misma cantidad de gente que vivía en el planeta entre 1880 y 1900. Son cifras muy gordas, ¿verdad?

Fruto de dichas investigaciones, se han desarrollado sistemas como los cinturones de tres puntos, airbags, estructuras de deformación programada, reposacabezas activos y un sinfín de cosas. Suelen ocupar las primeras páginas de los manuales de instrucciones, uno de los grandes desconocidos del equipamiento de serie, al igual que los intermitentes o las herramientas para cambiar una rueda. Venga, sed sinceros, ¿cuántos de vosotros habéis leído entero el manual en esa sección?

Uno de las cosas que más me gusta de mi coche de uso habitual es el chivato de abrochado de cinturones de seguridad, así puedo saber cuándo un pasajero se pasa de listo y va suelto en las plazas traseras. Me da igual si el motivo es desconocimiento, terquedad o espíritu indomable: «o te lo pones, o te bajas aquí» – suena borde, porque lo es. La seguridad no nos preocupa a fondo más que a unos pocos.

Cuando una persona os diga que lo más importante para sí mismo es la seguridad, probablemente está de postureo. Ya nos explicó Guillermo que la seguridad máxima no va con nosotros, no es cómoda. Es algo que pasa en todos los ámbitos de nuestra vida, llámese seguridad alimentaria, seguridad informática, seguridad sexual o seguridad financiera. La gente tiende a ser cómoda y a no preocuparse de lo que realmente es importante.

¡ME ACABA DE ENTRAR UN WHATSAPP, DEBE SER IMPORTANTE!

Perdonad el inciso, sigo. Hay un viejo lema de la enseñanza de una época pasada de nuestra Historia, el de «la letra, con la sangre, entra». Podemos extrapolar su significado a esto que os estoy contando, que hasta que no sufrimos una experiencia muy desagradable o un buen escarmiento, no terminamos de aprender. Al volante me llevé varios sustos el primer año, y de todos, afortunadamente, pude aprender, y no repetirlos más. Otros no han tenido tanta suerte.

Una de las mejores inversiones que podéis hacer en vuestra vida como conductores es apuntaros a algún curso de conducción. Me da igual que lo organice un club de automovilistas, una revista o vuestra empresa. Es un dinero muy bien gastado, incluso se puede considerar una inversión. Por el equivalente en coste a cambiar un paragolpes delantero enterito, con pintura, nos podemos ahorrar el coche entero, hospitalización, invalidez, gastos de sepelio y un largo etcétera.

También puede ser MUY deseable el preocuparnos activamente por nuestra formación, volviendo a pasar por la autoescuela para dar clases complementarias, algo MUY importante en el caso de gente que apenas conduzca, como el típico estudiante que se sacó el carné a los 18 años y en los últimos 5 solo ha conducido ¿1.000 kilómetros al año? Podemos cabrearnos en la DGT y la madre que les alumbró, pero nuestra responsabilidad individual de estar formados no nos la quita nadie, y papá Estado no puede estar pendiente de todo, como nuestras madres.

Puede que algún día os acordéis de estas palabras y penséis en mi, ¡espero que sea para bien! Doy las gracias casi a diario por todos aquellos que me enseñaron a conducir mejor, y me hicieron aprender por las buenas. Los kilómetros y los años dan la experiencia, pero no todas las experiencias se pueden tener por el mero hecho de patear distancias. Además, en todo ese tiempo hemos podido estar haciéndolo mal o fatal, pero como nadie nos lo ha corregido o no lo sabíamos, permanecíamos en la ignorancia.



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